Quedlinburg es la ciudad medieval alemana más grande que aún se conserva, en ella hay cientos de casas que fueron construidas antes de que se descubriera América, es tan bella que la UNESCO la ha declarado patrimonio histórico de la humanidad.
Los alemanes lo dicen con orgullo y la verdad es que lo deben tener, Quedlinburg es un tesoro. Tiene ya más de mil años de historia documentada y muchos más siglos de ser habitada lo cual resulta muy atractivo para los turistas muchos de los cuales llegan desde temprano a bordo de autobuses charters que vienen desde todos lados de Alemania y algunos desde otros países europeos. Nosotros estuvimos ahí un solo día, mismo que me la pasé caminando de orilla a orilla, mientras que Jeannette participaba en las actividades de un grupo de conservación ecológica al que pertenece, al cual se le denomina BUND. Después de recorrer aproximadamente cuarenta minutos desde Magdeburg en el Ford Fiesta que ella tiene llegamos a Quedlinburg, que a pocos minutos de haber llegado ya me parecía encantador, la mayoría de las casitas tienen bonitos colores y curiosos arreglos que las hacen ver muy agradables a pesar de que están tan desalineadas que parece que se van a caer pues ya han perdido la vertical. Luego de que llegamos y ayudamos con la instalación de una tienda donde se brindaría información al público nos fuimos a recorrer brevemente el centro y algunos de los mercados navideños, mismos que aquí se instalan dentro de los traspatios de veintidós casas elegidas para tal fin, así como en el mercado principal.
Los mejores ambientes se dan sin duda en los traspatios de las casas o de los pequeños edificios antiguos, a los cuales para llegar se deben de ir recorriendo las calles atestadas de turistas curiosos que deambulan buscando las mantas rojas que con un anuncio que se lee: Advent in den Höfen (Advenedizo en el patio) señalan la entrada a alguna de las casas agraciadas; la gente se mueve siguiendo algunos de los innumerables olores que vuelan por las calles que por estas fechas se envuelven en olor a azúcar y caramelo, a vino, a pan tostado y a canela.
Después de un rato Jeannette decidió regresar a realizar sus labores de voluntaria y quedamos de vernos más tarde en la tienda del BUND; caminé por entre todo ese ambiente que prepara los ánimos del pueblo para recibir la navidad, haciendo esfuerzos para no caer en alguna de las exquisitas tentaciones que saltaban a mis ojos: panecillos enmielados, frituras con almendras, hojaldras bañadas de chocolate, waffles cubiertos de cerezas, té de manzana y mientras trataba de verlas de reojo, acelerando el paso para no ceder a mi intención de que antes de comer debería ver la ciudad desde el cerro de la iglesia.
Apretando el paso pronto me vi subiendo a una fortaleza a la que se llegaba atravesando un grueso arco medieval de aspecto sombrío, hecho de piedra, arriba del arco había casas, por lo que pasar por el arco era como entrar a una cueva pero tan pronto pasaba uno por debajo ya se encontraba dentro de un gran jardín y a la derecha una alta iglesia, la iglesia del Schloßberg, que esta dedicada a St. Servatius, la cual por estar en la cima del cerro aún se ve más grande. Atrás de ella, en el jardín, hay grandes árboles y hacia allá me dirigí, logrando ver tras ellos los cientos de techos rojos que conforman la ciudad. Las tejas cubren todos los techos de las casas de esa ciudad, por más verticales que sean y sólo los altos campanarios se logran salvar a ellos. Pasé unos minutos apreciando el paisaje que estaba ante mis ojos, traté de descifrar por donde corren las calles pero fue imposible, estas casas son tan viejas que fueron construidas antes de que inventara la planificación urbana. Me dirigí entonces hacia la iglesia que se encontraba tras de mí, atrás de los grandes árboles que por estas fechas ya no tienen ni una sola hoja pues se han preparado para el frío.
Al llegar a la entrada de la iglesia me encontré con un anuncio que decía que para poder entrar al claustro se habían que pagar seis euros y que no se podían tomar fotos adentro, razón suficiente para que decidiera no intentarlo, casi dos meses de estancia en Europa ya estaban haciendo mella en mis bolsillos por lo que debía de ser precavido y, además, gastarlos sin poder llevarme una foto de lo que iba a ver me pareció muy arriesgado, por eso mejor me entretuve apreciando las bonitas fachadas de los edificios contiguos, las cuales muestran preciosos acabados y remates en los techos y están sostenidos por viejas vigas de madera que solo Dios sabe cuanto tiempo tienen ahí. Poco a poco me fui a alejando, como siempre, viendo todo intensamente pues sé que tal vez nunca vuelva a estar por ahí.
Bajé la colina y tomé un camino diverso para regresar, todo lo que vi era precioso; casitas de madera, colores armoniosos, techos puntiagudos y ventanas con puertitas de madera, me acordé de los cuentos de Caperucita Roja, de Los Tres Cochinitos y de Ricitos de Oro que alguna vez escuche con entusiasmo cuando era niño, creo que sin duda el sitio donde se escribieron debió de ser como Quedlinburg, con bosques alrededor y un riachuelo corriendo por el centro. Fue justo cuando llegué al río que no aguante más y me puse a comer, había tanto de donde escoger y tantas cosas se me antojaban que me resultó difícil hacer una elección, finalmente, de entre cerdos rostizados, pescado ahumado, chuletas asadas y salchichas de mil tipos diferentes me decidí por iniciar con unos deliciosos champiñones fritos y bañados con una salsa deliciosa. Comí poco ahí mismo donde los compré y después me fui caminando para evitar que se me antojaran las demás cosas que veía, quería ir comiendo poco a poco, escogiendo sólo lo que me pareciese irresistible, una misión muy difícil en esa ciudad.
Atravesé el mercado principal de lado a lado y di dos vueltas en él, de pronto volteé a mi alrededor y me sentí sólo entre tanto rubio, cientos de alemanes por todos lados y yo intentando moverme entre ellos, me sentí como Lawrence de Arabia cuando visitó La Meca, pero yo no andaba descubriendo el hilo negro solo estaba tratando de
encontrar algo más que me calmará el apetito que ya se me había alborotado y era casi incontrolable. Agudicé mis sentidos para encontrarlo pues de poco serviría preguntar, el único en que podía confiar era en mi mismo. Poco después mis esfuerzos dieron resultado y me comí una rica brocheta de carne de cerdo con cebolla y otras verduras asadas a la parrilla, por poco y me lleno por eso salí apresurado a buscar algo dulce para acabar con la hora de la comida y seguir caminando. Pero al comenzar a caminar se me olvido que era lo que quería y me deje llevar por mis pasos y mi mirada cautivada por tantas cosas nuevas y me fui alejando del centro poco a poco, haciendo pausas cuando descubría algún producto desconocido o alguna cosa llamativa, recorrí así algunas calles de nombres inentendibles pero bonitos: Pölle, Hölle, Judengasse y Guts Muths Straße fueron algunas de ellas, hasta que sobre la Pölkenstraße me paré frente a los dos puntiagudos campanarios de la iglesia dedicada a St. Nikolai, les tomé una fotografía y vi un poco por sus alrededores, ahora el cansancio ya me exigía regresar a buscar algo dulce de otra manera no podría llegar hasta donde se encontraba mi novia, seguramente esperándome.
Cuando pasé por la plaza principal me compré un cono relleno de Schmalzküchen, que son unas pequeñas hojaldras infladas y bañadas en azúcar Glas, muy sabrosos si se comen rápido, cuando aún están calientes, pero que resultan grasosas si se dejan enfriar. Regresé con Jeannette, le di un poco de los Schmalzküchen, no le parecieron buenos, fríos pierden el encanto. Después de acompañarla durante un rato me volví a meter entre las callecitas de Quedlinburg, apreciando cada detalle mientras los colores se perdían entre la oscuridad de la noche que nacía. Mis pasos me llevaron otra vez al mercado principal y ahí compré dos vasos de glühwein y unas almendras confitadas calientes, recién salidas del horno, regresé con mi novia y nos los tomamos juntos. Afuera de la carpa del grupo comenzaba a llover y pronto vimos como la gente comenzó a desaparecer, poco después nosotros también nos fuimos por aquellas callecitas donde la lluvia ya había cedido y había dejado las calles humedecidas, que ahora brillaban con la luz de las lámparas por donde nos fuimos comiendo las almendras.
Situado en: Alemania - Quedlinburg
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Aquí tiene las coordenadas GPS * para llegar a Casco antiguo de Quedlinburg.
Las coordenadas GPS para la mayoría de dispositivos GPS
Latitud: 51.786055091428516
Longitud: 11.136317253112793
DD Decimal Degree (Grados Decimales)
Latitud: 51.786055 Longitud: 11.136317
DMS Degree Minute Second (Grados Minutos Segundos)
Latitud: N51 47 09 Longitud: E11 08 10
GPS - Latitud: N 51 47.163 Longitud: E 11 08.179
UMT - X: 32N 647349 Y: 5739402
Si quiere comprobar la autenticidad de las coordenadas que hemos publicado lo puede hacer Aquí .
Para verificar tiene que ingresar las coordenadas:
51.786055091428516 11.136317253112793
y después pulsar en el botón Convert and Map
* GPS - El Global Positioning System (GPS) o Sistema de Posicionamiento Global (más conocido con las siglas GPS aunque su nombre correcto es NAVSTAR-GPS) es un Sistema Global de Navegación por Satélite (GNSS) el cual permite determinar en todo el mundo la posición de un objeto, una persona, un vehículo o una nave, con una precisión hasta de centímetros usando GPS diferencial, aunque lo habitual son unos pocos metros.
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